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Tenías que hacerles caso sin rechistar. Si ponías pegas te llamaban el “rebolera”, el que destacaba, alguien que traía problemas. No había debate, había aceptación. Te mandaban a una actividad concreta sin más, tenías que ir sin rechistar, no elegías la actividad. Ellos la elegían por ti para su conveniencia Si te negabas, malo. Te podían cambiar a otro sitio, a otro destino, que podía gustarte menos. Podían putearte y les decían que a ese tío había que enderezarlo en el nuevo sitio. En una ocasión hablando con un compañero, éste me dijo que quería irse y yo le respondí que hiciera lo que quisiera. Al final, el otro intentó escapar de la comunidad y lo pillaron. Le pegarían o no sé qué le harían, le calentaron la cabeza y yo, sin beberlo ni comerlo, sin decir que me iba, la tomaron conmigo y me pegaron una paliza. Se reunieron sobre mí y me propinaron una paliza entre cinco o seis personas, en una habitación. Yo no podía hacer nada, me pegaron por todos lados, sin poderme defender. Durante varios días posteriores me hicieron levantarme mucho más temprano, entre las 4 y las 5 de la madrugada. Me hacían correr con una mochila llena de piedras por el campo, con dos tíos detrás con un palo cada uno que me obligaban a continuar camino. La mochila pesaría unos veinte kilogramos. Iban dos porque no sabían como iba yo a reaccionar, para poder así someterme con seguridad. El motivo de este castigo es que ellos esperaban que yo les hubiera contado que este chico se quería ir y que me estaba calentando la cabeza y yo me calle y no les dije nada.